lunes, 26 de mayo de 2008

Tú, tú.

Entonces, Salvador movió la cabeza nervioso, excusándose. Malabareó una respuesta. Cuando todo haya acabado, recogerá las palabras del suelo, intuye, si al viento no se le da por alimentarse de sus desechos. Cerró los ojos un momento, mientras no lo veían, para hilar las ideas con poco éxito. Titubeó mientras se explicaba hacia fuera y se desconcertaba hacia adentro.

Cómo había llegado a ese arrinconamiento, no lo entendía, pero, lúcido, no le importaba. Era una idea entre miles que cruzaban como flechas dentro de su cabeza, punzando sin clavarse, estirando cada punto interior del cráneo donde pretendían ensartarse, haciendo cosquillas en el cuero cabelludo. Salvador no estaba de humor para eso.

Se apuntaba a sí mismo en la cabeza. Apoyaba cerca de la sien la boca de la cual se disparaban las verdades. Dos tiros consecutivos. Bastaron para el agresor. Salvador sufrió los estallidos sin muerte.

Nervioso, tras la tormenta, aguardó un instante imprecisable. Vaya forma de despedirse, pensó para sí, "Número equivocado".

Desaturdiéndose del absurdo, dejó, sin hacer ruido, el tubo en su lugar, con la impresión húmeda de la huella de su palma.