lunes, 9 de noviembre de 2009

cap. 1, pag. 1







¿Encontraría el par de medias que de un tirón me había sacado al llegar la noche anterior? Tantas veces me había bastado con abrir el cajón y asomarme al marco del placard, para encontrar ovillados los tubos de algodón y poliester que usaría, a veces con zapatillas, a veces con mocasines, pero nunca con sandalias. Y era tan natural tomar ese entero que conforman dos medias, entrar en su delgada boca y acercar la punta de mis dedos al final de ese callejón sin salida y sonreir sin sorpresa, convencido de que no hay nada menos casual que tomar dos medias al azar y que sean del mismo color, y que la gente que se pone medias de pares diferentes es la misma que simula no haber escuchado y pregunta "¿qué?".
Pero ellas no estarían ahora en el cajón. Sus finas hebras de diez por ciento de material sintético penderían del apoyabrazos de una silla, quizá una estuviera bajo la cama y la otra, camino al baño. De todas maneras abrí el cajón, y mis soquetes no estaban. Ahora las medias no estaban en mi camino, y aunque creía haber revisado todo, podrían estar en cualquier hueco de mi habitación de falso estudiante en Puan, en cualquier soporte, en cualquier marco, sobre cualquier moldura barata o entre los papeles chillones, aún así no las buscaría en mi casa. Prefería encontralas en el cajón, la reputa que lo pario. Andaba sin buscarlas pero sabiendo que, tarde o temprano, las iba a encontrar.

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