martes, 18 de agosto de 2009

Oral taste

Bien puede ser este un espacio para esa clase de pensamientos que surgen después del momento en que tendrían que haber sido pensados, para luego haber sido dichos logrando una performance acertadísima. Quizás no aparecen mucho después, pero sí lo suficiente. Y ya es tarde. El momento indicado se perdió para siempre y, probablemente, nunca vuelvan a repetirse sus condiciones de existencia. Hasta diría que muchas de las más grandes historias en la vida de las personas se relacionan con alguna frase improvisada, vengativa, encantadora, inesperada.
Esos instantes de iluminación mental en los que la lengua, el cerebro y el estilo se cruzan, son gloriosos. Sin embargo, mientras las mejores ideas sigan apareciendo en diferido, no nos abandonará, por un rato, la sensación de qué heroicos hubiéramos sido si. Luego lo olvidaremos, y la vida seguirá, entre esas nostalgias berretas de la neurosis.

Me suelen sorprender en la ducha. Algo hay con el agua, que despierta alguna parte de mi sistema nervioso, o qué se yo qué. A mi pesar, el baño no es uno de mis escenarios más propicios para dar en el blanco con un comentario.


Hoy. Fui a anotarme a un curso de inglés en el CUI. Eso podría haber escrito y dejado sobre el escritorio antes de irme, como rastro de paradero. Eso, y no otra cosa, porque de haber querido ser más comunicativo, no hubiese podido. No sabía a qué curso iba a anotarme, así que antes di un examen de nivel. Luego me enteraría del resultado, y eso me pondría de muy buen talante, pues no esperaba un algo tan bueno.
La primera parte fue escrita. La hice seguro. Después de entregar la hoja, me pidieron que pasara al aula ciento cuatro (o ciento cinco), donde me tomarían el examen oral.

En el aula que fuera, me recibió una señorita (miss., como toda profesora de inglés), joven y dulce. Era realmente linda, quizás la mujer más linda que me haya cruzado hoy.
La relación profesora-alumno (o examinadora-examinado, para ser más voyeurs), que acababa de entablarse, le daba el primer marco erótico a la escena.
Que fuera martes, tres de la tarde (para ella), y que fuese mi primera conversación en la lengua de Clint Eastwood, después de una inexplicablemente exitosa entrevista de trabajo, hace unos meses (para mí), hicieron que pasáramos un rato divertido.

Ella comenzó. Dijo que le recordaba a su novio, o a su ex. Fue antes de que me sentara, siquiera, y para ese momento todavía no había acostumbrado el oído. Daba igual.

Hacia el final del examen, mientras llenaba no sé qué papel, me pidió que completara la frase:

If I wouldn't have moved to Buenos Aires...

Entonces pensé, tardé unos segundos, y di lo mejor de mí:

... I would still live in London.

Perfect, dijo ella. Nos saludamos, y, sin muchas ganas de irme, continué con los trámites.


Ya había sido lo suficientemente heroico descubrir que estaba en el nivel doce, cuando esperaba que me diagnosticaran el dos. Casi ni me perturbaba no haberle dicho nada más a Miss. Oral Test, tampoco haber caminado bastante, sin encontrar un buen estuche para mis lentes; o al menos un estuche.

Mientras lavaba los platos de la cena, llegó como un flechazo.

If I wouldn't have moved to Buenos Aires, I would still be looking for your beautiful eyes in the wrong place.











Con esa la mataba.

sábado, 15 de agosto de 2009

Picado fino


Si tuviera qué explicarse qué es, se diría que un salame es, en principio, un embutido.

Abundan los saberes populares, folklóricos, que mistifican al salame, lo que hace que una cantidad de carne picada de vaca y de cerdo empaquetada en (¿)piel(?), sea un orgullo distintivo para los habitantes de tal o cual latitud precisa.

Se acompaña muy bien con quesos y vino, y puede hacer las delicias de cualquier consumidor de aperitivos.

Su aspecto fálico lo vincula inmediatamente al mundo sexual; eso lo detecta hasta el menos avispado. Más indirectamente, si se quiere, sus efectos en la región oral refuerzan el ingreso de este embutido a los catálogos del placer. Su mismo nombre nos tutea, nos saca la piel, nos desnuda y nos dice "salame", en un sentido metafórico, "ponele sal a mi vida".

Uno se dispondría, sin más, a fetear fiambres y quesos, a reunir aceitunas y a servirse una copa de vino para luego ingerir todos los elementos en un orden variable y relajado, acompañado de seres deseables, o no necesariamente; como preludio de una ingesta posterior, o, simplemente, para el éxtasis de los gustos salados, en lonjas o cubos, y nada más. Sin embargo, uno se encuentra ahí, con unos centímetros de carne y grasa que lo interrogan, llamándolo a una posición activa, en ese compromiso que se firma con la sola mención la reiterada conserva, al parecer decir "no te será tan fácil convertirme en el objeto de tu goce, antes tendrás que ser el del mío. Tomame, pero salame".

Muy bien se puede no tener en cuenta todo esto. No atender a la demanda de ese chorizo que es el tema de este escrito. Ay de sus consecuencias, ay de sus implicancias. Pero si realmente se tiene el valor, no importa nada. Ningún reclamo de la consciencia resiste a un sorbo de Cabernet-Sauvignon que barra, con su corriente de tintes violáceos, todo vestigio de ese maldito, histérico "salame", si en verdad se tiene lo que se debe tener.

Por un tiempo seguirán subiendo por el esófago ecos de aquel sabor, entremezclado, malsonante, inquisidor del salame. Es inevitable, pues está sujeto a repetición, como todo preparado con ingredientes picantes.

Salame, es también, una forma naíf de decir pelotudo.