lunes, 9 de noviembre de 2009

cap. 1, pag. 1







¿Encontraría el par de medias que de un tirón me había sacado al llegar la noche anterior? Tantas veces me había bastado con abrir el cajón y asomarme al marco del placard, para encontrar ovillados los tubos de algodón y poliester que usaría, a veces con zapatillas, a veces con mocasines, pero nunca con sandalias. Y era tan natural tomar ese entero que conforman dos medias, entrar en su delgada boca y acercar la punta de mis dedos al final de ese callejón sin salida y sonreir sin sorpresa, convencido de que no hay nada menos casual que tomar dos medias al azar y que sean del mismo color, y que la gente que se pone medias de pares diferentes es la misma que simula no haber escuchado y pregunta "¿qué?".
Pero ellas no estarían ahora en el cajón. Sus finas hebras de diez por ciento de material sintético penderían del apoyabrazos de una silla, quizá una estuviera bajo la cama y la otra, camino al baño. De todas maneras abrí el cajón, y mis soquetes no estaban. Ahora las medias no estaban en mi camino, y aunque creía haber revisado todo, podrían estar en cualquier hueco de mi habitación de falso estudiante en Puan, en cualquier soporte, en cualquier marco, sobre cualquier moldura barata o entre los papeles chillones, aún así no las buscaría en mi casa. Prefería encontralas en el cajón, la reputa que lo pario. Andaba sin buscarlas pero sabiendo que, tarde o temprano, las iba a encontrar.

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martes, 18 de agosto de 2009

Oral taste

Bien puede ser este un espacio para esa clase de pensamientos que surgen después del momento en que tendrían que haber sido pensados, para luego haber sido dichos logrando una performance acertadísima. Quizás no aparecen mucho después, pero sí lo suficiente. Y ya es tarde. El momento indicado se perdió para siempre y, probablemente, nunca vuelvan a repetirse sus condiciones de existencia. Hasta diría que muchas de las más grandes historias en la vida de las personas se relacionan con alguna frase improvisada, vengativa, encantadora, inesperada.
Esos instantes de iluminación mental en los que la lengua, el cerebro y el estilo se cruzan, son gloriosos. Sin embargo, mientras las mejores ideas sigan apareciendo en diferido, no nos abandonará, por un rato, la sensación de qué heroicos hubiéramos sido si. Luego lo olvidaremos, y la vida seguirá, entre esas nostalgias berretas de la neurosis.

Me suelen sorprender en la ducha. Algo hay con el agua, que despierta alguna parte de mi sistema nervioso, o qué se yo qué. A mi pesar, el baño no es uno de mis escenarios más propicios para dar en el blanco con un comentario.


Hoy. Fui a anotarme a un curso de inglés en el CUI. Eso podría haber escrito y dejado sobre el escritorio antes de irme, como rastro de paradero. Eso, y no otra cosa, porque de haber querido ser más comunicativo, no hubiese podido. No sabía a qué curso iba a anotarme, así que antes di un examen de nivel. Luego me enteraría del resultado, y eso me pondría de muy buen talante, pues no esperaba un algo tan bueno.
La primera parte fue escrita. La hice seguro. Después de entregar la hoja, me pidieron que pasara al aula ciento cuatro (o ciento cinco), donde me tomarían el examen oral.

En el aula que fuera, me recibió una señorita (miss., como toda profesora de inglés), joven y dulce. Era realmente linda, quizás la mujer más linda que me haya cruzado hoy.
La relación profesora-alumno (o examinadora-examinado, para ser más voyeurs), que acababa de entablarse, le daba el primer marco erótico a la escena.
Que fuera martes, tres de la tarde (para ella), y que fuese mi primera conversación en la lengua de Clint Eastwood, después de una inexplicablemente exitosa entrevista de trabajo, hace unos meses (para mí), hicieron que pasáramos un rato divertido.

Ella comenzó. Dijo que le recordaba a su novio, o a su ex. Fue antes de que me sentara, siquiera, y para ese momento todavía no había acostumbrado el oído. Daba igual.

Hacia el final del examen, mientras llenaba no sé qué papel, me pidió que completara la frase:

If I wouldn't have moved to Buenos Aires...

Entonces pensé, tardé unos segundos, y di lo mejor de mí:

... I would still live in London.

Perfect, dijo ella. Nos saludamos, y, sin muchas ganas de irme, continué con los trámites.


Ya había sido lo suficientemente heroico descubrir que estaba en el nivel doce, cuando esperaba que me diagnosticaran el dos. Casi ni me perturbaba no haberle dicho nada más a Miss. Oral Test, tampoco haber caminado bastante, sin encontrar un buen estuche para mis lentes; o al menos un estuche.

Mientras lavaba los platos de la cena, llegó como un flechazo.

If I wouldn't have moved to Buenos Aires, I would still be looking for your beautiful eyes in the wrong place.











Con esa la mataba.

sábado, 15 de agosto de 2009

Picado fino


Si tuviera qué explicarse qué es, se diría que un salame es, en principio, un embutido.

Abundan los saberes populares, folklóricos, que mistifican al salame, lo que hace que una cantidad de carne picada de vaca y de cerdo empaquetada en (¿)piel(?), sea un orgullo distintivo para los habitantes de tal o cual latitud precisa.

Se acompaña muy bien con quesos y vino, y puede hacer las delicias de cualquier consumidor de aperitivos.

Su aspecto fálico lo vincula inmediatamente al mundo sexual; eso lo detecta hasta el menos avispado. Más indirectamente, si se quiere, sus efectos en la región oral refuerzan el ingreso de este embutido a los catálogos del placer. Su mismo nombre nos tutea, nos saca la piel, nos desnuda y nos dice "salame", en un sentido metafórico, "ponele sal a mi vida".

Uno se dispondría, sin más, a fetear fiambres y quesos, a reunir aceitunas y a servirse una copa de vino para luego ingerir todos los elementos en un orden variable y relajado, acompañado de seres deseables, o no necesariamente; como preludio de una ingesta posterior, o, simplemente, para el éxtasis de los gustos salados, en lonjas o cubos, y nada más. Sin embargo, uno se encuentra ahí, con unos centímetros de carne y grasa que lo interrogan, llamándolo a una posición activa, en ese compromiso que se firma con la sola mención la reiterada conserva, al parecer decir "no te será tan fácil convertirme en el objeto de tu goce, antes tendrás que ser el del mío. Tomame, pero salame".

Muy bien se puede no tener en cuenta todo esto. No atender a la demanda de ese chorizo que es el tema de este escrito. Ay de sus consecuencias, ay de sus implicancias. Pero si realmente se tiene el valor, no importa nada. Ningún reclamo de la consciencia resiste a un sorbo de Cabernet-Sauvignon que barra, con su corriente de tintes violáceos, todo vestigio de ese maldito, histérico "salame", si en verdad se tiene lo que se debe tener.

Por un tiempo seguirán subiendo por el esófago ecos de aquel sabor, entremezclado, malsonante, inquisidor del salame. Es inevitable, pues está sujeto a repetición, como todo preparado con ingredientes picantes.

Salame, es también, una forma naíf de decir pelotudo.

lunes, 26 de mayo de 2008

Tú, tú.

Entonces, Salvador movió la cabeza nervioso, excusándose. Malabareó una respuesta. Cuando todo haya acabado, recogerá las palabras del suelo, intuye, si al viento no se le da por alimentarse de sus desechos. Cerró los ojos un momento, mientras no lo veían, para hilar las ideas con poco éxito. Titubeó mientras se explicaba hacia fuera y se desconcertaba hacia adentro.

Cómo había llegado a ese arrinconamiento, no lo entendía, pero, lúcido, no le importaba. Era una idea entre miles que cruzaban como flechas dentro de su cabeza, punzando sin clavarse, estirando cada punto interior del cráneo donde pretendían ensartarse, haciendo cosquillas en el cuero cabelludo. Salvador no estaba de humor para eso.

Se apuntaba a sí mismo en la cabeza. Apoyaba cerca de la sien la boca de la cual se disparaban las verdades. Dos tiros consecutivos. Bastaron para el agresor. Salvador sufrió los estallidos sin muerte.

Nervioso, tras la tormenta, aguardó un instante imprecisable. Vaya forma de despedirse, pensó para sí, "Número equivocado".

Desaturdiéndose del absurdo, dejó, sin hacer ruido, el tubo en su lugar, con la impresión húmeda de la huella de su palma.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Trascendencia

Hay evidencia de que exista un intermediario entre las tablas de la ley universal y Moisés. Más empírico que todos los bíblicos, es un hombre contemporáneo, sólo en un sentido estricto de entender el tiempo. Vive de la muerte sin ser asesino, ni accionista. Posee, sin disputas, la noble artesanía de grabar en piedra los nombres de quienes se ven obligados a dejar este mundo para convertirse, al con paz compás de Moisés Ville, en nutriente existencial de los eucaliptus o, en casos afortunados, en actores de recuerdos. El pueblerino documentador de mármoles, a los sesenta y pico no tiene quién lo suceda. Lo ve, lo sabe. Transeúnte en el tiempo ya no tan estricto, dilatado por un Sol que no tiene más con qué toparse, debe saber también que su labor es un eco profundo del altruismo provinciano que nos descoloca a los porteños, porque seguramente sabe, además, que nadie leerá en su sepultura un Alberto Lind de la caligrafía tipográfica de sus trabajos. A menos, claro, que planifique un suicidio con diez o quince días de antelación, según la piedra.

18-10-07

jueves, 1 de febrero de 2007