sábado, 15 de agosto de 2009

Picado fino


Si tuviera qué explicarse qué es, se diría que un salame es, en principio, un embutido.

Abundan los saberes populares, folklóricos, que mistifican al salame, lo que hace que una cantidad de carne picada de vaca y de cerdo empaquetada en (¿)piel(?), sea un orgullo distintivo para los habitantes de tal o cual latitud precisa.

Se acompaña muy bien con quesos y vino, y puede hacer las delicias de cualquier consumidor de aperitivos.

Su aspecto fálico lo vincula inmediatamente al mundo sexual; eso lo detecta hasta el menos avispado. Más indirectamente, si se quiere, sus efectos en la región oral refuerzan el ingreso de este embutido a los catálogos del placer. Su mismo nombre nos tutea, nos saca la piel, nos desnuda y nos dice "salame", en un sentido metafórico, "ponele sal a mi vida".

Uno se dispondría, sin más, a fetear fiambres y quesos, a reunir aceitunas y a servirse una copa de vino para luego ingerir todos los elementos en un orden variable y relajado, acompañado de seres deseables, o no necesariamente; como preludio de una ingesta posterior, o, simplemente, para el éxtasis de los gustos salados, en lonjas o cubos, y nada más. Sin embargo, uno se encuentra ahí, con unos centímetros de carne y grasa que lo interrogan, llamándolo a una posición activa, en ese compromiso que se firma con la sola mención la reiterada conserva, al parecer decir "no te será tan fácil convertirme en el objeto de tu goce, antes tendrás que ser el del mío. Tomame, pero salame".

Muy bien se puede no tener en cuenta todo esto. No atender a la demanda de ese chorizo que es el tema de este escrito. Ay de sus consecuencias, ay de sus implicancias. Pero si realmente se tiene el valor, no importa nada. Ningún reclamo de la consciencia resiste a un sorbo de Cabernet-Sauvignon que barra, con su corriente de tintes violáceos, todo vestigio de ese maldito, histérico "salame", si en verdad se tiene lo que se debe tener.

Por un tiempo seguirán subiendo por el esófago ecos de aquel sabor, entremezclado, malsonante, inquisidor del salame. Es inevitable, pues está sujeto a repetición, como todo preparado con ingredientes picantes.

Salame, es también, una forma naíf de decir pelotudo.

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